En honor a la verdad.

La Biblia y la historia nos han hecho muy clara la parte protagónica que ha jugado Roma sobre Jesús y la religión. Nadie puede negar que bajo la conducción de la Roma de los tiempos de Jesús, los romanos protagonizaron la más vil y cruenta persecución contra el niño hijo de Maria, el que vendría a ser el salvador del mundo. Irónicamente, al niño y a la Maria que ellos dicen venerar en nuestros días, fue al que ellos intentaron asesinar cuando a penas era un bebé. Su loca decisión de asesinar al niño, le costó la muerte a todos los menores de un pueblo de dos años abajo, lo cual no pudieron lograr, porque Dios frustró su instinto criminal contra su hijo, ocultándolo por un tiempo en Egipto. Ellos no se dieron por vencidos, ya Jesús de grande, los romanos continuaron su persecución hasta que lograron condenarlo a la muerte por crucifixión y, todos sabemos como la sentencia de Pilatos, gobernador romano, llevó a cabo la ignominia de la muerte más cruel que la historia de la humanidad haya conocido. Los romanos lograron, 33 años más tarde, asesinar en la cruz al hijo de Dios, el salvador del mundo. No contentos con el vil crimen, durante toda la historia de los seguidores más cercanos de Jesús, después de su muerte, condujeron una temeraria persecución de muerte y de terror contra todos aquellos que decían ser seguidores de Jesús y anunciaban el santo Evangelio que les había encomendado llevar a todas las naciones del mundo. Quemaron todas las Biblias que pudieron intentando evitar que la verdad sobre Jesús y su resurrección pudiera ser conocida por el mundo, echaron hombres vivos a los leones hambrientos para ser destrozados por sus fauces, porque no renunciaban a Jesús ni a su fe, aserreban hombres vivos, como si fueran maderas por la misma causa; como lo fue el caso de Pedro, al que hoy irónicamente los romanos veneran, algunos hombres fueron crucificado por ellos, pero Pedro ante la sentencia de ser crucificado, él pidió ser crucificado con la cabeza hacia abajo, porque él no quería que lo crucificaran en la misma forma que crucificaron a su Señor, así que, los romanos se dieron el gusto de asesinar a Pedro por su fe y por servir a Jesús. Hoy dicen venerar al que ellos asesinaron. A las mujeres vivas embarazadas, ellos le abrían el vientre, les sacaban a sus bebés y vivos los arrojaban contra un muro; muchas otras personas morían incendiadas vivas en la hoguera, solo porque no se negaron a proclamar el mensaje del Evangelio y porque ellos servían a Jesús. Esta sangrienta e implacable historia contra los servidores de Jesús, fue bautizada por los romanos con el nombre de la santa Inquisición. Hoy día, les enseñan a las personas a adorar a los ídolos, uno de los pecados más abominables por Dios y, por los que su pueblo en el pasado sufrió terribles castigos, como fue el caso, cuando Dios hizo que la tierra se tragara viva a toda una generación, cuando ellos pidieron a Aron en el desierto, que les hiciera un becerro de oro, aún cuando ellos sabían, que esto era un terrible pecado contra el Dios que los había liberado de la esclavitud de los egipcios y, entre muchas otras historias de la adoración a los ídolos, está también la de Josue, que ya no pudiendo más con los israelitas rebeldes, les tuvo que decir: ustedes escojan a quien servir, pero yo y mi casa serviremos a Jehová. Toda la Biblia condena cualquier tipo de idolatría, porque Dios debe ser adorado en espíritu y en verdad. Pero los romanos contradicen este mandato de Dios y animan a sus fieles a cometer este grave pecado contra el Señor y tienen sus templos llenos de ídolos. En honor a la verdad, juzgue usted. Por Derwell J Fallu

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